Como vi morir a dos personas delante de mí

Esta no es una entrada fácil de escribir. 22 de diciembre de 2015, una fecha que seguramente tardaré tiempo en olvidar, si lo consigo alguna vez. No voy a escribir tonterías pseudofilosóficas ni entrar en un plano metafísico, simplemente narraré mi experiencia para recordarla ahora que puedo ver en mi mente cada detalle, y quizás a ti pueda interesarte.

No se si conocerás Pai, un -ya no tan- recóndito poblado situado a 3 horas de coche al norte de Chiang Mai, que se ha ido haciendo conocido por su fuerte influencia y pasado hippie, y desde hace un par de décadas era una visita obligada para muchos viajeros que buscaban una experiencia más espiritual en Tailandia.

La historia del lugar cuenta que un grupo de hippies y almas libres que adoraban el país de las sonrisas montaron una fiesta a la orilla de un río en medio de la selva. Cantaron, bailaron, bebieron y se drogaron durante días, y la experiencia fue tan inolvidable para ellos que, a partir de ese momento, quedaron en reunirse todos los años en la misma fecha para celebrar de nuevo sus ganas de vivir y compartir su felicidad con los demás. Y sí, obviamente es el mismo río al pie del cual se encuentra hoy el entrañable asentamiento de Pai.

Como podrás sospechar, el aumento de su popularidad y su aparición en toda clase de guías para viajeros ha provocado lo de siempre: ahora es un lugar donde, si bien puedes intuir el espíritu original con el que se concibió, ves demasiado turista de toda la vida y mucha, mucha pose.

De l@s que parecen alérgic@s al agua, visten como nietos caucásicos de Bob Marley, llevan rastas y luego se sientan en la terraza de la cafetería para sacar -y enseñar- su Macbook Pro de última generación y su nuevo Iphone sobre la mesa los ves a patadas. Y esto solo es un ejemplo, pero en general mucha gente desesperada por demostrar a los demás -y a sí mismos, supongo- que son superdiferentes, superoriginales y superespirituales de la vida. No es que sea algo malo, ves lo mismo en cualquier Starbucks de tu ciudad, pero si vas allí buscando un trozo de planeta donde los años 60 siguen vigentes -como he leído por ahí-, pues te equivocas de sitio.

Por otro lado, los paisajes son espectaculares, abundan los sitios con personalidad y hay alojamiento inolvidable si buscas bien, pero de eso ya hablaremos en otro artículo. He hecho esta pequeña introducción sobre el sitio para poder entrar en materia sin dar tantas explicaciones.

Solo deciros que la carretera que lleva hasta allí es famosa por sus 762 curvas y su accidentado recorrido. Parece estar en permanente (re)construcción además, por lo que a grandes trechos sin asfaltar debes sumarle la enorme cantidad de obreros, maquinaria pesada y camiones situados en varios puntos del recorrido. Por ello es inevitable encontrar el asfalto lleno de tierra, arenilla y agua cuando te aproximas a estas zonas. Y el tráfico diario de estos camiones, de los autobuses que llevan a los turistas y de las furgonetas de suministros, ninguno de los cuales ha oído hablar jamás del límite de carga, provoca que las carreteras estén en un estado lamentable.

Llenas de señores baches de hasta 15-20 cm de profundidad y piedras en el camino, y tampoco se respetan los carteles que prohiben adelantar. La mayoría de la gente hace el trayecto como puede, esquivando los agujeros del suelo mientras invaden el carril contrario y adelantan sin miramientos.

Bachecitos de nada como este...

Bachecitos de nada como este…

O este. Y no pude sacar fotos a los peores porque estaban en zonas peligrosas, y no voy a jugarme ka vida por sacarle una foto a un agujero del suelo. Para hacerte a la idea sirve.

O este. Y no pude sacar fotos a los peores porque estaban en zonas peligrosas, y no voy a jugarme la vida para sacarle una foto a un agujero del suelo. Para hacerte a la idea sirve.

Solo hay un camino que lleva hasta Pai, tiene únicamente dos carriles y te encuentras permanentemente al borde del acantilado montañoso que rodea la totalidad del recorrido. Razones más que de sobra para conducir con precaución, ¿verdad?

Yo no soy el más indicado para dar lecciones de conducción a nadie, aquí puedes leer un artículo sobre como aprendí a conducir en Tailandia sin carné ni casco (todavía no publicado, cuando lo termine edito y añado el link), pero sí lo hago con sentido común, en este caso concreto cediendo el paso a todos los vehículos de cuatro ruedas que tenía detrás, aminorando la velocidad en curvas cerradas y desniveles del camino, y en general tratando de invadir lo menos posible el carril contrario, algo inevitable en algunos puntos, me temo.

La madrugada del 22 de diciembre me encontró despierto a las 5:30 de la mañana sin necesidad de despertador. Había quedado con un grupo de dos australianas y un francés que había conocido unos días antes en Chiang Mai, y como quería visitar de nuevo el sitio en cualquier caso, pues me animé a emprender el camino de unos 150-160 kilómetros en una scooter de 125cc.

Llegué un poco antes de las 10 de la mañana, y tenía pensado marcharme sobre las 15:30 para evitar que la noche se me echara encima en la infame carretera que os describí antes, en Tailandia a las 18:00 empieza a anochecer y antes de las 19:00 ya es noche cerrada. También elegí esa hora para evitarme los momentos de mayor tránsito de vehículos, así evitas tragar 4 kilos y medio de tierra mientras te adelantan a 90-100 km/h.

Mucha gente que viene al país se anima a vivir aventuras y hacer algunas locuras que nunca harían en casa, típico es el caso de alquilar una moto para dártelas de campeón de Moto GP.

Acerté con la hora, puesto que casi no vi vehículos de cuatro ruedas, pero varios conductores de motos debieron pensar lo mismo que yo, y empezó el desfile de las dos ruedas. Hay gente que sabe conducir y se nota. Llevan motos de buena cilindrada y están bien equipados con ropa y casco adecuados. Te adelantan con seguridad y hacen el trayecto a una velocidad impensable para novatos que valoramos nuestra vida, no se me ocurriría jamás ir a más de 100 por hora ni de lejos en una carretera como esta, la verdad. El riesgo no merece la pena, pero entiendo que alguien que hace el trayecto 5 veces por semana lo ve de manera diferente.

Pronto empecé a ver mucho turista europeo y asiático, la mayoría sin casco y cogiendo las curvas a bastante velocidad. Yo seguía a mi ritmo, y casi dos horas después de salir coincidí con un grupo de tres motos, cinco personas en total. Dos parejas chico-chica y un tercero solo con su moto. Asiáticos, todos llevaban gafas de sol y ropa que les cubría del sol, pero ninguno tenía casco.

Llevaban motos de gran cilindrada, de esas estilo competición, y -para variar- también cogían las curvas y los desniveles a demasiada velocidad, pero yo, que mantenía siempre el mismo ritmo entre 50-70 km/h, siempre me los acababa encontrando.

Las motos eran muy parecidas a esta, aunque la del accidente en concreto era negra y roja.

Las motos eran muy parecidas a esta, aunque la que encabezaba el grupo, era negra y roja.

Casi podría decir que hicimos el trayecto juntos durante más de media hora, en la cual ellos me adelantaban a mí y luego yo a ellos una y otra vez. Parecían estarse divirtiendo, y especialmente la primera moto del grupo, que conducía un chico llevando a su pareja detrás empezó a “picarse” conmigo. Me adelantaba de forma temeraria, en descensos, en trozos sin asfaltar llenos de baches y piedras… Decidí aminorar para dejar que me sacaran algo de terreno. Y así fue, los perdí de vista.

Debieron hacer una parada o aminorar también la marcha, porque 15 minutos después me los volví a encontrar, los adelanté y decidí acelerar yo un poco para perderlos de vista.

Y entonces sucedió. Había llegado a una de las zonas más accidentadas del recorrido, y en ese momento me encontraba bajando con cuidado una pendiente muy inclinada. El terreno, sin asfaltar, se encontraba muy deteriorado por el paso de los vehículos, lleno de baches, piedrecillas y tierra fina. Vi un reflejo en el retrovisor, me dio el tiempo justo para dar un volantazo hacia la izquierda y ver como la misma moto que encabezaba el otro grupo me pasaba a toda velocidad.

Ni 20 metros delante había una curva cerradísima, casi 180 grados. Me salió un grito ahogado de la garganta. Vi al chico que conducía girando bruscamente la moto para coger la curva… Y perdió el control. Supongo que por el pánico, el conductor apretó ambos frenos mientras la moto ya se encontraba inclinada sobre la curva.

Automáticamente empezó a derrapar, y la chica que le acompañaba se cayó al suelo, mientras literalmente la moto le caía encima de la cabeza. En ese momento no vi nada más, no tuve tiempo de pensar. Clavé el freno trasero de mi scooter y ni siquiera me preocupe en apagar el motor o bajarle el pie, bajé de un salto y me acerqué corriendo mientras escuchaba el sonido sordo de mi propio vehículo aterrizando sobre el suelo.

No quiero ser muy gráfico en este punto, pero la tierra alrededor de la cabeza de la chica estaba cubierta de sangre. No sabía si mover la moto sería peor para ella, así que saqué el teléfono para llamar a una ambulancia -suerte que mi amiga Tao me dio varios contactos útiles de hospitales y mecánicos 24 horas-, y mientras intentaba hacerme entender en inglés con la persona que me atendió al otro lado de la línea, llegó el resto del grupo. Gritando se abalanzaron sobre la moto para levantarla, descubriendo el cráneo hundido de su compañera. La otra chica del grupo empezó a llorar desconsoladamente arrodillada a su lado mientras ambos chicos me hablaban en lo que creo que era chino. Ninguno sabía ni pizca de inglés, así que seguí las instrucciones de la enfermera que me atendía para buscarles el pulso, mientras les hacía señas para que se calmaran y se dieran cuenta de que estaba pidiendo socorro.

A todo esto, el conductor de la moto yacía de espaldas en el suelo, completamente estirado. Casi ni había reparado en él, parecía tener la típica postura de quien se cae al suelo dándose un golpe y se queda tumbado esperando que se le pase el dolor. No había sangre ni nada que hiciera sospechar que estaba herido, seguía con sus gafas de sol y su capucha puestas. Intenté encontrarle el pulso sin éxito, y así lo indiqué mientras al otro lado de la línea me confirmaban que mandaban una ambulancia, que señalizara con unas ramas el accidente y que esperara allí porque los de la ambulancia entendían un poco de inglés pero nada de chino.

15 minutos después apareció una ambulancia, que pasó de largo. Tal cual, todavía no doy crédito. Entiendo que, tratándose de hospitales privados y de una carretera única, pues seguramente se dirigiría a atender otra llamada en Pai o cerca del poblado, ¿pero ni parar un segundo para preguntar o ver si pueden prestarnos alguna ayuda?

Nuestra ambulancia llegó casi una hora y media después, para entonces la sangre vertida era de un color mucho más oscuro, casi seca. A la amiga de la víctima parecían habérsele acabado las lágrimas, y los tres permanecían cabizbajos en silencio alrededor de la escena.

Se bajaron dos personas del vehículo, y me confirmaron la defunción de ambos en un tosco inglés. No levantaron ni tocaron más los cadáveres, me indicaron que debían llamar a la policía y otras cosas (other things, mister), y que podía marcharme.

De malas decisiones está este sitio lleno.

De malas decisiones está este sitio lleno.

Recogí mi moto del suelo un poco más atrás, casi la había olvidado. Había dejado el casco en el hotel, así que me puse las gafas de sol, la mascarilla para evitar tragar tierra y arranqué la moto. Mientras me alejaba de aquel grupo de gente no podía evitar pensar que una parte de mí se quedaba allí con ellos.

No estaba asustado ni tampoco especialmente triste. Era la sensación de tener los sentidos embotados, como desorientado. Paré un momento, me puse los auriculares con el álbum House of Balloons en repetición continua, subí el volumen y seguí mi camino.

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